jueves, 5 de marzo de 2026

La vida cañón

Los días son monótonos en el instituto. Cada curso cambian los estudiantes pero las clases se repiten. Diferentes personas pero siempre las mismas edades, los mismos conflictos, parecidas explicaciones...

Eso sí, hace poco hubo un día insuperable. En la misma hora, con la misma clase, en el mismo día... me dijo una alumna que "no los humillara" al corregir un examen y, otro alumno, que comiera Petit Suisse "para crecer".

Cuesta de creer, pero ocurrió. Estábamos corrigiendo un examen y yo iba pasando por las mesas para ver las notas del análisis sintáctico. Salvo honrosas excepciones, las notas... regulín regulán. De sopetón, sin preaviso, una estudiante me espetó, sin ni siquiera mirar yo su examen, que "no los humillara más". Yo, estupefacta, le dije que no humillo. Al contrario, soy la bonhomía en persona. Muy responsable y humana, desde siempre. Si hasta me llamaban "la Sor" de jóven en mi casa. 

Pero no quedó ahí la cosa. Casi al final de la clase, por una de esas carambolas del azar, dejé a los alumnos almorzar en clase. Pobre e ilusa de mí. ¡En qué momento! Una alumna sacó un paquete bien grande de Petit Suisse y los repartió entre sus acólitos. Que son mis estudiantes "mejores amigos", pongámoslo así.

Lo que voy a contar a continuación solo lo entenderán los que conozcan, en vivo y directo, mi persona. Yo miré al alumno que comía uno de los Petit Suisse (pongámosle alumno "therian") y me espetó a la frente, directo, serio: "para crecer". Acto seguido, la clase explotó en risas, risitas y risotadas. De esas que te hacen llorar. Yo, que todo lo acepto con deportividad, le contesté que no lo creyera, que se trataba de un falso mito. El estudiante ni me escuchó, de tan risueño, chistoso y locuaz que se sintió. Justo después, sonó el timbre y la clase se disolvió.

La cosa no acabó aquí. Se me ocurrió llamar a la progenitora de la alumna que había tenido la ocurrencia de llamarme "humilladora de almas caritativas del cielo". La madre me dijo que me tenía ganas. Que su hija ya le había hablado de mí, pero trabajaba y no podía venir al instituto. Yo, siguiendo con mi rutina de aceptar los golpes con deportividad estoica, le dije que viniera de 14 a 15h. Que la esperaría aunque no tuviera hora de atención a padres y, normalmente, a esa hora ya estoy en mi casa. En esas estamos. A la espera. Cuando venga ya le contaré la historia con más detalles puesto que me he dejado muchos.

No puedo decir que esto sea la tónica general. Al contrario, es una situación especial y digna de ser recogida en este blog.

Lo mejor es que, a pesar de todo, yo me empeñé y tuve un día estupendo, la verdad.  Por la tarde, hicimos una evaluación rápida y clarificadora. Me fui a merendar con mi hija a la horchatería que acaban de abrir cerca de mi casa. Hice un cocido y me leí la mitad del último libro de David Uclés, que con tanto personaje me ha costado meterme en la historia.

Y como empezaba quejándome de días monótonos... he aquí la historia de un día, de una clase, de una hora... INSUPERABLE.

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